Vidal Isequilla, tocador de silbu y tamboril

«Preferí aprender solfeo en los recreos a jugar a las canicas»

Formó pareja artística con su hermano Justo y llegaron a competir con los txistularis en Vizcaya.
Está considerado como el rey de los pasacalles en Liendo, valle que le homenajeó hace dos años. Es uno de esos abuelos (o bisabuelos, como es su caso) que a todo el mundo le gustaría tener en su familia. Se trata de un hombre venerable que porta con digna presencia una abundante cabellera blanca. A sus 92 años, podría ser el ‘decano’ del folclore cántabro, superando en un año a la rabelista purriega Adela Gómez. Goza de una memoria envidiable y es el último tañedor del silbu cántabro, una flauta de tres agujeros, que se acompaña con la percusión de un tamboril. Aprendió solfeo, lee partituras de música y toca otros instrumentos. Él fue el rey de los pasacalles del valle de Liendo. Todo un lujo.

MUY PERSONAL

Fecha de nacimiento: 9 de enero de 1916.
Lugar de nacimiento: Liendo.
Familia: Viudo. Tiene dos hijos y dos hijas, cuatro nietos y siete bisnietos. El más pequeño se llama como él, Vidal.
Grupos: Fue miembro de Los pequeños cantores, del dúo de silbu y tamboril Los Tamboriteros y formó parte de la Banda de Música de Liendo.
Otros instrumentos: Por sus conocimientos de solfeo, toca además la trompeta, el trombón, el fliscornio, y el contrabajo.
Premios: El Ayuntamiento de Liendo le entregó en 2006 una placa en reconocimiento a su trayectoria y aportación a la música. Es considerado el último tañedor del silbu cántabro de la antigua generación. Un privilegio que sólo ostenta este músico occidente cántabro.

-Es un placer conocer al último representante del silbu cántabro. Usted representa el único nexo de unión con los músicos que ejecutan esta pequeña flauta de tres agujeros.
-Pues reconozco que en estos últimos años he visto pasacalles de silbu y tamboril en Colindres, donde viví un año. Allí hay una escuela de folclore y sé que Raúl Molleda es el profesor de este instrumento tan querido para mí.

-En el valle de Liendo ya no queda nadie de su época.
-De mi generación sólo quedo yo, que voy a cumplir 93 años el próximo mes de enero. Mi familia, empezando por mi abuelo Valentín, ha estado vinculada al silbu. Mi difunto padre Fidel tocaba la caja para el acompañamiento, y de quien más aprendí fue de mi tío Daniel. A los 10 años años ya manejaba el instrumento con precisión porque sabía adaptar las canciones a su tono. Estudiaba solfeo en las horas de recreo. Fuera de Liendo hubo un músico tradicional que solía tocar algo el silbu, me refiero a Lin, el de Seña.

-Así que aprendió solfeo en la escuela…
-Durante la media hora de recreo me dio clases de primero, segundo y tercero de solfeo el entonces capellán-organista del valle, José Mulet. Era un cura catalán, de Tortosa, que vino del norte de África y murió en la guerra civil. Preferí aprender música que jugar a a las canicas, porque me interesaba aprender a leer una partitura o conocer las tonalidades.

-¿El padre Mulet fundó Los pequeños cantores?
-Sí, fue una iniciativa suya. Estábamos un grupo de ocho alumnos que cantábamos en misas, en funerales, música sacra en definitiva. Nos dirigía mientras tocaba el órgano en la iglesia. Le sustituyó el organista de Marrón, Antonio González Camino.

-Mientras tanto, ¿usted ya tocaba el silbu en la calle?
-Mi hermano Justo y yo formamos el dúo Los Tamboriteros. Tocábamos los dos el silbu y el tamboril. Nos llegaron a ofrecer contratos de diecisiete días en las fiestas de Guriezo. Actuábamos en la zona oriental de Cantabria, en Ampuero, Laredo o Colindres, aunque alguna vez fuimos a Vizcaya a competir con los txistularis en Trucíos y Arcentales. Íbamos a muchos festivales, fiestas, romerías, y bueno, de ‘pascuas a ramos’ se ganaba algo de dinero. Todo acabó cuando a mi hermano le atropelló un coche y murió. Entonces toqué el silbu y el tamboril solo, pero no crea que con tanta asiduidad.

-¿Por qué?
-Con el paso del tiempo fui perdiendo la moral, el ánimo. A veces tocaba la caja en la Junta de Voto, pero había inconvenientes. Hace ya seis años que no toco en público.

-¿Es cierto que usted compuso las mejores piezas para pasacalles con silbu y tamboril?
-Bueno, eso es una exageración. Lo he escuchado también, pero lo que hacía era adaptar una canción ligera como un pasodoble y lo agregaba con folclore regional y así salía la música de mis pasacalles. Me lo pasaba muy bien y a la gente le gustaba mucho.

-¿Qué diferencia existe entre el txistu vasco y el silbu cántabro?
-Ninguna diferencia morfológica. Es la misma flauta con tres agujeros. Lo que le da una identidad en Cantabria es que tocamos las jotas montañesas, y también yo utilizaba una técnica especial al alterar los bemoles y los sostenidos, tapando un cuarto de agujero con un dedo. Yo tenía uno que no afinaba bien, con un sonido muy agudizado, que heredé de mi padre. Tiempo después me compré uno nuevo en una casa de instrumentos en Bilbao.

-La Escuela de Folclore de Colindres está desarrollando una excelente labor de difusión de instrumentos como el silbu. ¿Han contactado con usted?
-Hay gente joven y más mayor que da clases de silbu y tamboril y me parece una estupenda iniciativa. Sé que alguien de la escuela ha preguntado por mí en Liendo, pero no ha habido contacto.

-Se han recuperado los pasacalles con este instrumento.
-Me llama la atención. Se han formado peñas en Colindres que tienen cuatro o seis días para salir en pasacalles con silbu y tamboril. Este año vi al menos dos y suenan bien, aunque forman demasiado ruido porque llevan dos tres bombos que son maceados.

-Usted tocó en la Banda de Música de Liendo. ¿Le gustaba variar de estilos musicales?
-Mucho, porque la música era una vocación. Toco el contrabajo, el trombón, la trompeta y el fliscornio. En aquella banda si había fallos cambiaba el trombón por el contrabajo. Se formó en los años 40 y empezamos 22 músicos. Interpretábamos pasodobles, coplas, zarzuelas. Se ganaba poco dinero, requería muchos ensayos para empastar bien los instrumentos y se fue ‘deshaciendo’. Hasta que quedamos cinco músicos. La banda se disolvió hace más de dos décadas.

-¿Y cómo ve la vida desde su atalaya de 92 años?
-Hay que sujetarse a la vida para ir viviendo. Observo que la gente despilfarra el dinero y hoy todo cuesta mucho. Camino todos los días durante un buen rato. Por eso volví a Liendo, porque el año y pico que estuve en Colindres en un piso casi me quedo inútil total. Apenas salía de la casa.

-¿Vive solo?
-No, no. Está conmigo mi hija mayor, María Inés.

-¿En qué consistió el homenaje que recibió de todo el valle en 2006 en la festividad de San Isidro?
-Me entregaron una placa en reconocimiento a mi labor con el silbu y por ser el más viejo de mi tiempo.

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CANTABRIA

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